LA MANCHA ROJA
Óleo sobre lienzo 41x80 oleo lienzo- Marzo 2024
Algunos días, cuando mi turno de trabajo me lo permite, me acerco a pasear por la playa.
Me encanta caminar sorteando las onduladas arribadas de las olas para no mojar mis pies. El rumor del agua me impide escuchar otros sonidos y me sumerge sin esfuerzo en una meditación natural. Cuando he paseado un rato, me siento en la arena, a poca distancia del agua, y me quedo embobado, mirando la sucesión permanente de las olas que se van apagando en la orilla, formando filas serpenteantes de espuma tan efímeras como repetidas.
Cuando rompen, cada onda va dejando tras de sí un troquelado caprichoso de formas trapezoidales que me sugieren figuras llenas de vida propia. Aunque cambien con extremada rapidez, sus contornos se convierten en mi cerebro en siluetas de aves, perros, culebras, peces, conejos, y otros animales que van componiendo una especie de granja idealizada y fugaz.
De vez en cuando, alguna ola intrépida que avanza más de lo previsto me obliga a dejar el juego y saltar raudo para buscar refugio un poco más atrás.
Una mañana, ensimismado en mi inventada granja, descubrí, a cierta distancia, donde empezaba el festival espumoso, una mancha roja sobre los tonos azulados, grises, violetas y verdosos del cielo y el mar.
Destacaba por su color. Podía ser un trapo, un juguete o un trozo de alguna embarcación.
Sin proponérmelo, fui aventurándome a adivinar qué podía ser ese objeto disonante y perturbador que flotaba entre el oleaje.
Pasó un buen rato antes de que, asombrado y con cierta aprensión, pude discernir una especie de brazo que había sido volteado por un pequeño golpe de mar. Me levanté de inmediato y me dispuse a escrutar cada signo que me ayudara a asegurarme de que aquel objeto no fuera un ser humano.
Hubo un período de calma que no me ayudó a ver más que un bulto informe, pero, poco a poco, pude comprobar como las olas lo iban acercando a la orilla. Como no vi más movimientos extraños, no entendí que hubiera urgencia por salvar una vida y rescatar a alguien. Si fuera una persona, ya hacía tiempo que habría fallecido pues su inmovilidad, a merced del mar, era evidente.
A medida que se aproximaba a la orilla pude comprobar que mi perspectiva del tamaño del objeto o cuerpo había sido desproporcionada por la distancia. Con una relajante tranquilidad pude asegurarme de que no era un cuerpo humano sino algo bastante más pequeño. En realidad, se trataba sólo de una muñeca. Seguramente arrojada o perdida por alguna niña, habría deambulado desplazada por las corrientes hasta alcanzar mi tranquila playa. La que yo había escogido para descansar y encontrar la paz.
Cuando recibió el último empujón que la puso al alcance de la mano, me acerqué para recogerla y ver su naturaleza. No parecía haber sido muy maltratada por el incesante ajetreo de las olas. Debía haber sido abandonada o perdida hacía muy poco tiempo. Analizando sus partes, me fijé en sus ojos saltones que me miraban fijamente con un interés desproporcionado y en una especie de velo o manto rojo que sería el color que, en principio, había llamado mi atención. Al separar la tela, que se había pegado por efecto del agua, pude ver unos textos escritos con rotulador permanente que me abatieron por completo: “HELP, AYUDA يساعد. Por favor. Nos hundimos”
Jesús Simón Pizarro.